La miel es un fluido de sabor dulce y textura viscosa, producido por las abejas con el néctar de las flores y las enzimas de la saliva de abejas madurada en el panal. La miel es el alimento de las abejas, y los panales donde se almacena el producto elaborado son, a la vez, la casa y la despensa de estos animales.

Es un alimento para consumir crudo y no lo deben tomar niños menores de dos años (puede producir botulismo). Se debe manipular en frío para no devaluar las propiedades de sus nutrientes. Según sea la flora de la zona, existen distintos tipos de miel con sabores y características diferenciadas. Romero, lavanda, retama o tomillo son de las más apreciadas e incluso se les atribuyen propiedades terapéuticas distintas.

Las mieles de zonas de montaña son las que aportan mayor porcentaje de vitaminas, entre 116 y 124 mg por cada 100 g de producto. Igualmente, el contenido en nutrientes minerales es variado: cobre, hierro, magnesio y potasio, y en menor medida las vitaminas C, D y E, así como antioxidantes.

Los usos terapéuticos y cosméticos más frecuentes son el alivio sintomático de las vías respiratorias y los tratamientos para las afecciones de la piel. Como alimento, aporta 340 kcal por cada 100 g, de los cuales 80 g son azúcares.

 

 

La miel ha acompañado al ser humano desde el origen de los tiempos. Está presente en la historia, en la literatura y la poesía, en el arte ya desde las primeras pinturas rupestres, como en la Cueva de La Araña en la Comunidad Valenciana (7.000 años a. de C.). La tierra prometida que el Señor ofreció al pueblo de Israel era “la tierra que manaba leche y miel”, que es algo así como el no va más de la abundancia. El viaje de novios se conoce como “luna de miel”, expresión que iguala la dulzura del amor con el sabor de este alimento.

Asinio Pollion Romilis, un ciudadano romano que vivió más de cien años, amigo del emperador Octavio Augusto, atribuía su longevidad a la combinación de aceite de oliva por fuera y miel por dentro. En la Torá, libro sagrado de la religión judía, los profetas nombran frecuentemente la miel como representación de la dulzura, la justicia, la virtud y la bondad divina. El Corán habla de las abejas en términos sagrados y dice que “producen en su vientre un líquido que sirve para curar”. La Biblia nombra con frecuencia la dulzura de la miel, ya sea en los poemas del cantar de los cantares y los salmos o en relatos históricos, como elixir para fortalecer a los combatientes en batalla.

Alejandro Magno fue trasladado tras su muerte desde Babilonia a Macedonia y, para conservarlo, llenaron un recipiente de miel y el cadáver llegó intacto.

En las culturas americanas precolombinas, la miel era utilizada también en los rituales religiosos de iniciación y purificación.

 

 

En la cocina, la miel combina con quesos, con frutos secos, como base para guisos de carne, pescados y como postre con todo tipo de frutas. Hasta que en el siglo XVI apareció el azúcar de caña, fue el único edulcorante conocido. En la actualidad existen gran variedad de edulcorantes y azúcares, pero la miel es algo atávico y unido al ser humano. Nos ha acompañado a través de los siglos, en el día a día de nuestra alimentación, en todas las despensas.

Hoy tomaré, de postre, queso fresco de Burgos con miel de la Alcarria. Y el mes que viene, ya en temporada de este dulce postre, hablaremos de las torrijas con miel, por supuesto.

 

Rafael Conde Morencia

Vocal de ASEUG