Los peregrinos que van a Roma por motivos religiosos se denominan romeros y, por extensión, todos aquellos que visitan un lugar donde se venera un santo o tiene una inspiración religiosa. Ya desde la antigüedad, los judíos peregrinaban a los lugares de los tabernáculos y, allí, celebraban sus encuentros religiosos compartiendo la comida.

Desde el Domingo de Resurrección al día de la Ascensión, cuarenta días después, y desde la Ascensión al día de Pentecostés, diez días más tarde, se celebran tradicionalmente las romerías de primavera. En ellas, los vecinos de las localidades cercanas de una determinada devoción acuden, generalmente a pie o a lomos de animales, en un ambiente festivo para reunirse y celebrar una jornada de campo, de religiosidad y de comida compartida. Decía el Padre Llanos, sacerdote jesuita del siglo XX que dedicó su vida a los más desfavorecidos de entre los pobres en las grandes ciudades, que “quien comparte la comida comparte la vida”.

De eso se trata en las romerías, de compartir: las creencias, los sentimientos y la comida. Un tipo de comida que, por sus características y conservación, comida para llevar, reúne unas condiciones especiales en los ingredientes, preparación y sobre todo conservación. Filetes de carne empanados, tortilla de patatas, empanadillas, buñuelos de bacalao, albóndigas y los panes de hornazo, que son panes en cuya masa se insertan embutidos o carnes varias, también pescados en salazón.

La comida de las romerías debe ser sencilla de elaboración, nutritiva para paliar las fatigas del día de campo, estable en su conservación, para poder ser transportada en los macutos de los romeros sin derramarse por el camino y, sobre todo, debe ser una comida que se pueda compartir fácilmente. Se hace difícil de imaginar todas estas cosas en estos tiempos de coronavirus y distanciamiento social.

Cada región y cada localidad elabora sus propios manjares culinarios trasportables, y hay tanta variedad como lugares de peregrinación. Pero lo que no falta en ninguna de ellas es el vino de la zona, o la sidra natural, la limonada para los más jóvenes, el agua para los sedientos y también la fruta, que ya en la primavera empieza a ser variada. Sandías tempranas, melocotones, albaricoques y lo que cada zona ofrece al caminante hambriento.

 

 

No es comida de romería aquella que se elabora en el lugar de destino. Las paellas, las calderetas y todos los guisos al efecto son cosas más novedosas en este ambiente, que llegaron con la generalización de los automóviles y los transportes. Se diferencian de la comida que llevaban a diario, al campo, los agricultores en que son alimentos más preparados y típicos, mientras que la dieta de mediodía de los labradores y pastores eran embutidos, pan, queso y, como mucho, un puchero de cocido que se hacía llegar a la zona de trabajo, al mediodía, por una persona propiamente encargada de ello.

De la rica tradición gastronómica de todas las regiones, me atrevo a destacar algunas de las más populares viandas de romería. A los ya mencionados filetes empanados y tortilla de patata, se suman en la lista las patatas aliñadas, el cazón en adobo, las bolitas de jamón y queso, los buñuelos de pollo, los calamares a la romana, el bacalao rebozado, las croquetas de todo tipo, las empanadillas y, todos ellos, rematados con la fruta y los dulces. Las tejas de almendra, los mantecados empiñonados o almendrados, los dulces de membrillo y la miel para endulzar la vida.

Este año nos vamos a abstener de reunirnos para comer en romería y a la espera de septiembre, que también es época, al final de verano, de este tipo de eventos, bien está recordar, una vez más, la riqueza cultural que la comida nos ofrece para cada ocasión. Recordando siempre la alimentación equilibrada, variada y saludable.

 

 

 

Rafael Conde Morencia

Vocal de ASEUG