Y la Mona Lisa sonrió. Corría el año 1503 y las legumbres ya estaban vigilantes de todo lo que acontecía. El “ingenuo” Cicer arietinum, en sus andanzas y mudanzas, ya se había fijado en la sonrisa mutante de la Gioconda. La verdad es que le atraía la Mona Lisa por su blandura cambiante y dinámica, con su dulce modelado del rostro.

–Bueno, tengo que decir que como Cicer no me conoce nadie; todo el mundo me conoce por el nombre de garbanzo, ¡verdad que es bonito!– …os hablaba de la Mona Lisa, con su gesto que expresa casi un alejamiento del que la mira, con un carácter innatural, amenazante y dulce al tiempo. Pero aun así, qué envidia me da cuando la miro. –Sí, me da envidia, aunque cuando pienso en mi historia me jacto yo solo; eso sí, con fundamento. Leed, leed: me encontraron hace más de 6.000 años en el altiplano de Konya, lugar situado en el corazón de Anatolia. Estuve presente en los Jardines Colgantes de Babilonia. En Egipto me llamaban “cara de halcón”. Aparezco en la Ilíada, en su canto XIII “Batalla junto a las naves”, donde se tiene constancia escrita, por primera vez, de mí. En el siglo VII a. C., en Roma, ya se comían sopas de garbanzos. Me trajeron a España los cartaginenses. En el siglo III de nuestra era, los primeros cristianos hacían fiestas en los cementerios para honrar a los difuntos, las cuales se llamaban Parentalia, y me llevaban de ofrenda. He sufrido muchos sarcasmos a lo largo de mi historia, como el de Marco Tulio Cicerón, Plauto o el de Benito Pérez Galdós…

Pero sigamos con la Mona Lisa que presenta, asimismo, un tono melancólico e introspectivo, azotado por el cúmulo de contradicciones que lo componen, expresando atención y distancia, diversión e impasibilidad. Yo en cambio, con tantísimos siglos entre los humanos, solo he conseguido ser alabado y denostado, querido y repudiado, y todo de manera intrascendente. Pero sigo siendo sincero, candoroso e intento ser sencillo en las situaciones más complejas y comprometidas. Por eso me achacan de ser un “ingenuo”.

 

 

En cambio, la figura de la Mona Lisa queda expuesta tanto a la variación atemporal, como a la condición eterna, pues es el compendio de la variedad que existe en la naturaleza misma. La Mona Lisa tiene movimiento y aliento. Yo solo puedo creerme que, aunque nunca se hable de mí por los comensales en un cocido, yo sé que soy el mejor, el más importante, ¡la estrella! Y eso que dicen que soy un ingenuo.

Volviendo a mirar a la Mona Lisa, me doy cuenta de que su ambigüedad expresiva reside en la sonrisa, inquietante y sugerente. Sus orificios nasales se tensan, como si la Gioconda respirara el abundante aire que la rodea. Su boca es carnosa, nerviosa y viva, mientras su mirada persecutoria me persigue, nos persigue, prisioneros de su belleza amable.

Es un icono que representa los valores más clásicos y conservadores de la pintura occidental. Aunque artistas contemporáneos se negaron a aceptarlos, y su culminación la vemos en la pieza en la que aparece el retrato en el interior de una lata de comida, sobre un plato con sus cubiertos, queriéndonos mostrar que es un icono preparado para consumir y que nos obligan a “tragar”.

No y no, la Mona Lisa, la sonrisa mutante de la Gioconda es, y seguirá siendo, una pintura capaz de producir un impacto cultural de tal magnitud que siempre inspiró, e inspirará, nuevas creaciones.

Lo digo yo, Cicer; un garbanzo; “un ingenuo” que no tiene una sonrisa inquietante ni sugerente. Pero sí un comer excitante, ¿a que sí, Leonardo?

Y la Mona Lisa sonrió.

 

Francisco Javier de la Vieja de Diego

Vocal de ASEUG